Una nueva etapa vive Teatro de los Andes. Mucho han cambiado en los dos últimos años las circunstancias de este grupo que influyó decisivamente en la forma de abordar el teatro en Bolivia. Uno de sus creadores y cabeza visible desde aquel 1991 en que llegó al país, César Brie, vive en Italia mientras espera que parte de las tierras compradas en Yotala (Chuquisaca) se venda. Apenas la operación se concrete, todo nexo con sus antiguos compañeros se habrá roto.
Giampaolo Nalli es el único que queda del trío que arribó al país en agosto de 1991 con la intención de construir una comunidad teatral en Cochabamba, y que finalmente recaló en Yotala. Junto a Brie y Nalli estaba Naira González, quien se marcharía poco tiempo después, luego de haberse llevado al escenario la primera obra creada en Bolivia: Colón.
En febrero de 1992, tras un taller realizado en Sucre, se unieron dos bolivianos: Lucas Achirico y Gonzalo Callejas, que por entonces apenas dejaban la adolescencia. Por ese tiempo, siguiendo a Brie desde Europa, habían llegado también los italianos Filippo Plancher, Teresa Dal Pero y el español Emilio Martínez.
Como recuerda Nalli, sentado en el comedor de la casa y rodeado de los actores, si eligieron Chuquisaca fue porque al llegar a Sucre por vez primera, en 1991, se toparon con el Festival Internacional de la Cultura. El movimiento era intenso esos días, inclusive unas 200 personas irrumpieron en medio del monólogo que Brie presentaba, pues no querían quedarse fuera. “Fue un engaño”, como pronto verían, pues “la cultura en Sucre avanza a duras penas: el centro Pachamama que nació con gran impulso, ha cerrado por falta del apoyo oficial que se le había prometido; el museo de Asur fue obligado a buscarse otra casa; los grupos de teatro no dependen de Sucre para existir”.
Pero mientras el espejismo duró, el trío encontró otro motivo para elegir Chuquisaca: una antigua finca estaba en venta en Yotala (población rural ubicada a 17 km de Sucre). Tenía una casa, además de amplio espacio para construir, una huerta, árboles… La compraron y, mientras avanzaba la albañilería, se alojaron en la capital. El 17 de julio de 1992, cuando el dinero ya era poco, todos se trasladaron a Yotala y comenzaron a preparar Colón.
La obra se presentó en La Paz, con actores músicos, cantantes y acróbatas, con humor punzante y un despliegue de imágenes, y las reacciones fueron de sorpresa, de fascinación, aunque hubo voces que criticaron que eso ya se hacía antes en Europa. Inclusive, alguien llegó a dudar de la presencia de los dos bolivianos, al considerar que esos chicos de rostros andinos —un aymara y un quechua— no eran sino un adorno para justificar el trabajo hecho por extranjeros.
En aquella obra se aplicó ya la que constituye —lo tiene muy claro el grupo— la esencia de Teatro de los Andes: la creación colectiva, guiada, en su papel de director, por Brie; pero “innegablemente colectiva”.
En ese tiempo, la gente de Los Andes sobrevivió comiendo todos los días la acelga que se cosechaba de la huerta. “Pasamos hambre”, dice Nalli, el único que no tiene nada que ver con el teatro, pero, hombre de izquierda como es, se unió al proyecto deseoso de cambiar el mundo por uno más igualitario y Brie le mostró que la cultura podía ser un camino.
Hambre había, pues, y mucha. “Pero no me importaba”, dice Lucas Achirico; “lo que hacíamos me llenaba porque era algo tan diferente y me gustaba tanto, que no pensaba en otra cosa”.
Y el tiempo pasó, hubo gente que se fue, otra que llegó; las obras fueron sucediéndose y atrayendo cada vez a más espectadores, dentro y fuera del país: Las abarcas del tiempo, Ubú en Bolivia, Gra-ffitti, Frágil, La Iliada…
En 2001, en los diez años de Teatro de los Andes, hubo festejo: por los aplausos, las giras, la constancia. Pero eran ya días amargos los que se vivían en Yotala.
“La crisis estalló con La Iliada, una obra de gran violencia que tuvo la virtud de hacer aflorar los problemas de la convivencia”, según Nalli, y fue entonces que “César comenzó a irse de a poco”, apunta Alice Guimaraes. Ésta última se integró en 1998 y, si bien no vivió la etapa de la acelga, pasó la de la sopa, “todos los días sólo sopa, que yo veía, al salir de la sala de trabajo, como un privilegio”.
Con problemas de relaciones interpersonales muy fuertes y todo, que empujarían a la salida de Teresa Dal Pero, una de los pilares del grupo, hubo más obras: Un sol amarillo, Otra vez Marcelo, 120 kilos de jazz, ¿Te duele?, La odisea… “No está mal para un grupo en crisis”, coinciden los actores.
Brie, que para entonces ya estaba casado y con dos hijas, decidió que no iba a seguir más. El 25 de febrero de 2010, mediante solicitada en los diarios, confirmada desde Yotala por Nalli y el propio Brie, se selló la separación.
Nalli, que, como desde el principio, es el administrador de Los Andes, hace notar que hubo distintas crisis en el grupo. Una primera fue cuando se marchó Plancher, otra muy fuerte, cuando se alejó Dal Pero; pero la más intensa se vivió tras la separación de Brie.
Tan fuerte ha sido ese momento, “que todavía nos estamos acomodando; hemos necesitado mucho tiempo para ubicarnos, también físicamente en la casa. Lo que ha quedado (un 30%, más o menos, de toda la propiedad) no es mucho; pero está bien”.
Esa parte conserva la sala de ensayos y de presentaciones, la capilla que se usa para ejercicios vocales, las habitaciones para albergar al grupo y a los visitantes y talleristas, además de los servicios necesarios (cocina, comedor, baños). Para entender lo que pesan los detalles cotidianos, baste señalar que el pozo de donde se extrae el agua ha quedado del lado que está en venta, así que aún se está buscando las alternativas. “Lo vamos a solucionar”, tranquiliza Callejas.
Esto mismo ha llevado al grupo a buscar residencias aparte en Sucre. Además, Callejas y Guimaraes han formado un hogar y tienen una niña, María, de ocho años de edad. Y Achirico se casó con una artista polaca que colabora con el teatro, Danuta Maria Zarzyka, y ambos son también padres de una niña, Naomi.
Como las hijas tienen que ir al colegio, al ballet, al gimnasio, los padres hallan más cómodo vivir en la capital. Y Nalli también ha hecho allí su espacio. Eso sí, cuando llega la hora de los talleres o de preparar una obra, todos se trasladan a Yotala.
“Los cuatro tenemos que definir nuestra vida, desde la artística hasta la práctica, con las dudas y la inseguridad que cualquiera tiene”, resume el administrador. Y, como ante el momento más trágico que se vivió en 2001, “cuando todos los que estaban haciendo La Iliada querían irse”, lo que les impulsa a seguir es el tener la consciencia de que “provocamos algo y de alguna forma somos responsables también; no digo que nos quedemos porque hay mucha gente joven a la que motivamos a hacer teatro, sino porque no queremos ser como muchos extranjeros que vienen, provocan y se van”.
Nueva obra, pronto y buena
Para encontrarse y afirmarse en la nueva etapa, una vez que decidieron que iban a continuar, “lo único que sabíamos era que teníamos que hacer enseguida una obra y que necesariamente tenía que ser buena”. La creación colectiva no estaba en discusión, pero sí el proceso que llevó —según perciben Achirico, Callejas, Guimaraes y Nalli— a las insalvables diferencias con Brie.
Y ese algo responde a la necesidad de que se reconozca, como parte esencial de Los Andes, el aporte de cada uno de los crean la obra. “No más ‘La Iliada de César Brie’ —como escribieron las decenas cientos de artículos de prensa, aquí y en el extranjero—, porque no es de una sola persona. Todos contribuimos a armar ésa y todas las otras creaciones ”.
Así ha nacido Hamlet, de Los Andes, para cuya dinámica de montaje invitaron a Diego Aramburo, un hombre de teatro “que fue muy valiente para aceptar trabajar en un sistema que no es el suyo; sufrieron todos, pues aquí no hay el ‘traje este texto para que lo hagan’, sino que se va construyendo en la escena, con propuestas y contrapropuestas”.
Guimaraes resalta el hecho de que todo ello lo alimentó Brie. “Nos enseñó a trabajar de esta manera. Siempre dijo que lo que sus actores proponían era mejor que lo que él tenía en mente. Nunca se hizo problemas para escribir y reescribir los textos hasta diez veces si nosotros sugeríamos nuevas cosas. Él, por supuesto, tenía el conocimiento y el talento para armarlo todo”.
Hamlet de Los Andes se estrenó en el festival chileno Santiago a mil, el mes pasado. La crítica ha aplaudido una obra que pone al personaje shakesperiano en el mundo andino. Lo que no ha dicho del todo es que la elección de Hamlet tiene que ver con el tema de la pérdida, del padre que se va, de los fantasmas que todavía rondan… Un exorcismo para definir una identidad que los cuatro que quedan están empeñados en descubrir y forjar.
Paolo, el italiano
Hace 21 años que es parte de Teatro de los Andes. Es el soltero del grupo, el que no tiene hijos ni familia cerca. Es italiano y seguirá siéndolo, pues ha decidido no solicitar la nacionalidad boliviana. Él cuida la economía del grupo y nunca entra en la sala mientras se prepara una obra. La ve cuando los actores deciden mostrársela, pues le consideran uno de los críticos más exigentes.
“Me he preguntado por qué nos quedamos los miembros más antiguos —reflexiona—. Hubo mucha gente que fue parte del grupo y no está. Y creo que es porque los que pasamos los primeros años lo hicimos de una manera especial. Era una vida dura, pero sentíamos que valía la pena. Los que llegaron después no encontraron el paraíso, pero sí muchas cosas que ni imaginábamos tener. El haber pasado hambre nos ha unido, nos ha hecho defender el proyecto e incluso equivocarnos en ciertas cosas que por defenderlo no vimos”.
Con todo, “no hay ningún otro grupo que haya logrado vivir por 20 años, en un país como Bolivia y otros vecinos, sólo del teatro”. Esto que ha “servido para nosotros, también sirve para otros: para que sepan que se puede”. Sobre los problemas personales, que empezaron a tener un peso mayor con el tiempo, Nalli admite que “no logramos armar una respuesta; no la tenemos todavía. Necesitamos ver cómo conciliar las exigencias personales manteniendo la mentalidad de grupo”.
Una necesidad esencial, porque “yo creo en este tipo de trabajo, no en el individual. No se trata de pensar lo mismo, sino de confrontación, de discusión, de ideas diferentes, para que de ahí nazcan las cosas. Por eso quisimos reunir a gente de todo tipo de cultura. Yo sigo compartiendo a diario con mis amigos quechua y aymara y no me convierto en ellos. Esto es lo grande de Teatro de los Andes, por lo que hicimos obras buenas: había un gran director y maestro de la puesta en escena; pero también chicos fantásticos para inventarse las cosas”.
En La Odisea, la última obra que se trabajó con Brie, “Gonzalo se encerró un mes en el taller, y cuando mostró a César lo que había logrado: esa escenografía con cañas que cuelgan y se mueven, él dijo: ‘Ya sé cómo hacer la obra’. Sin este aporte, y los de cada actor, César hubiese hecho La Odisea, pero otra”. Otro factor del grupo, muy importante, “es que trabajamos pensando en vender la obra. Yo no entiendo a los artistas que preparan algo para presentarlo dos o tres días en el Teatro de Cámara y a otra cosa. Quizás porque si nosotros no vendemos no vivimos, nos preocupamos porque la obra llegue al público, a la mayor cantidad de éste. Tal vez nos animemos a hacer un taller para comunicar cómo abordamos este aspecto”.
Gonzalo, el quechua
Gonzalo Callejas nació en Uncía, región quechua de los laimes. Aprendió a hablar ese idioma gracias a su abuela. Cuando sus padres, dos maestros, migraron a Sucre, Callejas tenía seis años. Con ellos recorrió varias provincias y alimentó su oído musical, a la par que aprendía a tocar instrumentos como su propio papá. A la hora de elegir una carrera, el joven pensaba en Ingeniería mecánica o Arquitectura; pero ésta era muy costosa, así que comenzó con ingeniería mientras hacía música. En febrero de 1992, “ensayaba en una sala contigua a otra donde había un taller de teatro; me asomé por curiosidad, pues nunca antes me había interesado el teatro, y no recuerdo cómo es que logré entrar. Al terminar, me plantearon unirme a un proyecto que no entendía bien de lo que se trataba; pero me resultaba interesante por la vida en grupo para hacer arte todo el día; rarísimo. Y acepté también porque quería salir ya de mi casa”.
Su intención era quedarse un año, “pero al cabo de éste me sentí como atrapado. El teatro me abrió muchas más posibilidades de las que imaginaba que iba a ser mi vida. Creo que hubiera sido un buen ingeniero mecánico, hubiese inventado algo, no sé. Pero el sentido del arte adquirió una forma muy precisa, muy clara, el hecho de ser un artista más allá de hacer teatro inclusive. Eso me conmovió muchísimo y es lo que hasta ahora me mantiene”.
Además, si “me alejé de mi cultura siendo un niño todavía; el teatro me ha permitido regresar un poco a eso, a encontrar mis raíces”.
Gonzalo se ha convertido en el actor más fuerte y versátil. Su feroz Aquiles tanto como sus diversos personajes en La Iliada —el viejo Ulises, pero también el estrambótico Menelao— son la prueba de su talento. Pero no sólo. La música y la escenografía tienen mucho de sus aportes que no se quedan en ideas, sino en el trabajo con las manos de quien es nomás un ingeniero mecánico.
Sobre la esencia de Teatro de los Andes, Callejas argumenta: “Se puede definir desde lo ideológico por el hecho de estar aquí, de tener un compromiso con este país a través del teatro. Por eso es tan difícil tomar ciertas decisiones”. Pero “la esencia somos nosotros, los que quedamos, cada uno con sus diferencias, su cultura, sus dificultades, sus necesidades. De ahí partimos, del grupo. Ahora tenemos más responsabilidades y debemos estar a la altura, estudiar bastante, pues, bien o mal, seguimos siendo referentes de muchas cosas”.
Alice, la brasileña
Quince años han pasado desde que Alice Guimaraes dejase su departamento propio en Brasil y su trabajo en una compañía de teatro para llegar a Yotala como alumna de un taller de 15 días. Y 14 desde que aceptó seguir otro taller, esa vez de un año, y luego quedarse con Los Andes. “Cuando encontré al grupo, pensé que era mi salvación. Es cierto que estudié en una universidad, que estuve un año en Europa, que hice obras, fui de gira; pero yo quería hacer teatro de verdad, no sólo demostraciones de unos cuantos días”.
Y se quedó en Yotala y hoy es una de los cuatro soportes del grupo. En medio de los problemas, “creo que lo que mantiene a la comunidad no es el carácter de las personas, sino el interés, un objetivo mayor que te hace ver que los sacrificios valen la pena para hacer lo que quieres hacer”.
En los primeros años, en la casa había muchísima gente: el grupo que preparaba La Iliada, una directora italiana profesional y un chico de 18 años que daba sus primeros pasos, una secretaria, dos cocineras… una fauna. Y hubo poquísimos conflictos. ¿Por qué? Había una cosa mayor: el trabajo; trabajábamos tanto y esto nos aportaba de tal manera que se pasaba por encima las cosas menores de la convivencia. Había algo tan bien establecido que no tenías dudas. Te das cuenta de que algo ha cambiado, cuando quieres hacer otras cosas, cuando esto del grupo ya no es suficiente”.¿Existe ese ‘algo’ todavía? “Lo estamos recuperando”.
Lucas, el aymara
Lucas Achirico vino al mundo en La Chojlla, zona minera de los Yungas paceños. Su madre lo trajo a La Paz y lo alejó de un padre al que, por tanto, apenas conoció. Pudo haber sido un chico problema, como tantos que él vio en El Alto, cuando su interés por la música lo llevó hasta un centro donde le comentaron que había un buen profesor. Era el Hogar Albergue para Menores Abandonados que dirigía Stefan Gurtner (que luego crearía el grupo de teatro Ojo Morado). Allí formó un conjunto que salió de gira por el país y llegó a Sucre en el mismo momento, 1992, en que Teatro de los Andes dictaba un taller. “Un gringo, no recuerdo si sería César o Filippo, me dijo que mi música les había gustado y me invitaron a unirme a ellos: me becaban inclusive”.
Fue así que “comencé a descubrir el teatro que, con el tiempo, se fue haciendo más importante en mi vida”.
Como han dicho “mis compañeros, al principio era muy duro. Me acuerdo de una anécdota: cuando llegamos a Yotala, nos hicimos conocer por la gente del lugar a través del fútbol. Cierta vez, para poder jugar un domingo, armamos el equipo, pero no teníamos camisetas ni dinero para comprarlas. Cada uno buscó una polera blanca y le cosió el número. El árbitro no quería aceptarnos y la gente no creía que los gringos no tuviesen plata para camisetas. Al final jugamos y fuimos felices de sentirnos así, como un equipo”.
Por eso, pese a que Lucas pensaba quedarse máximo un año, terminó convirtiéndose en un actor indispensable y en el compositor del grupo.“Nos fuimos formando a nivel artístico y personal. Quizás hablar de lazos de amistad es poco, creo que va más allá. ¡Y somos tan diferentes! Creo que logramos encontrar una forma de que este proyecto, con todas sus diversidades, se vuelva fuerte. Hubo muchos momentos de crisis y cada uno ha renunciado a muchas cosas; pero no se siente que se haya perdido algo”.
La madre de Lucas asiste a ver las obras. Y está orgullosa de su hijo y de su nieta mezcla de sangre andina con polaca.
Que el actor tiene entre manos un instrumento importante, lo descubrió cuando, en su breve residencia en el pueblo de Yotala, junto a su compañera, se vio en medio de terribles historias de violencia doméstica. Se sintió comprometido con la suerte de niños y mujeres, sus vecinos, y entonces surgió la idea de crear una obra. Así nació ¿Te duele?, que se preparó en el grupo, y donde Lucas y Danuta desnudan, desde un cuadrilátero, los extremos a los que puede llegar un matrimonio.
Plurinacionalidad
¿Es, Teatro de los Andes, algo así como el estado plurinacional con que sueña el país? Podríamos decir algunas cuantas cosas, bromea Nalli. Y ya en serio retoma el tema del grupo, “el punto clave, en el sentido de que necesitamos, después de tantos años, decir cuál es nuestro tipo de labor, el propio, el que hemos construido, el que es conocido sólo en cierta medida”. El trabajo “de creación colectiva que no anula las individualidades, que las integra, que no tiene a nadie por debajo, como una pirámide; es lo que ahora queremos reivindicar”.
Por eso, y porque el mundo alrededor de Teatro de los Andes exige todavía la voz del director —“siempre nos preguntan, ¿y dónde está César, dónde está el director?, como si nosotros no pudiésemos hablar de nuestro propio trabajo”, dice Guimaraes— , Hamlet de Los Andes intenta volver a las raíces: no hay una persona dueña de la obra: la dirección es también compartida: Diego Aramburo, como batuta invitada, y todo el grupo.
Hamlet, de Los Andes
La muerte del padre. Una de las pruebas de la vida a la cual cada uno de nosotros es llamado. Pero, ¿qué pasa cuando la muerte no basta para cerrar la relación, cuando uno es perseguido por fantasmas que insisten en no hacer las paces con los que quedan vivos?
Nuestro Hamlet es un hombre de hoy que, como el personaje de Shakespeare, ha perdido la comprensión del “sí mismo”. Por su formación escolástica y academicista, Hamlet debería aceptar la muerte de su padre y pasar a lo siguiente, pero la visión del fantasma lo obliga a enfrentarse con otra concepción del universo. Siguiendo la sombra del espíritu, Hamlet consigue atravesar la puerta del desconocido, empezando un viaje que pueda acercarle a sus ancestros y a sus raíces. Descubriendo todo lo que la racionalidad llamaría sueño, fantasía, misterio, superstición o quizá locura, Hamlet espera poder encontrar una respuesta a sus dudas. Vivir, morir, tal vez soñar. Mientras su cerebro viaja en el más allá, el mundo real se agrieta a su alrededor y lo que queda es un vacío que no se logra nombrar. Así, la frustración y la pérdida de raíces desatarán en Hamlet una crisis existencial que lo sumergirá en el alcohol.
¿Quién es Hamlet? ¿Soy yo, o eres tú? ¿Es cada uno de nosotros, que nos preguntamos quiénes somos en realidad?
¿Es Hamlet el propio Teatro de los Andes?
Ser o no ser, ésa es la cuestión. Ser qué, quién y cómo.
Hamlet, de Los Andes presenta el texto shakesperiano como lo perciben los ojos de los actores que lo ponen en escena. Las dudas de Hamlet llegan a romper los confines del personaje para cuestionar a los mismos actores en el escenario, abriendo la obra a una lectura metateatral, compartiendo con el público un espectáculo que encarna la paradoja del teatro mismo.
Teatro de los Andes
En la sala de Kirk Douglas
En un sol amarillo, memorias de un temblor, se presentó en 2007 en el teatro de Kirk Douglas, en Culter City (Los Ángeles, EEUU). El actor, que rara vez ya acude a las funciones, fue al debut y quedó deslumbrado. Se acercó al camerino, felicitó a los actores, les dijo que ése era realmente el teatro que quería ver, que lo habían conmovido y luego les envió una carta conceptuosa que el grupo guarda entre sus recuerdos.
Un clip de esa presentación se halla en YouTube. Las personas que lo han visto comentan: “Guau”; “Vi esta obra en República Dominicana y realmente fue fenomenal. Cuánta calidad, ¡excelente!; “Does anyone know where I can go see this play? or see these actors in theatre? I love it... I'm from Orange Country, California”; “Lucas Achirico gran actor y el Teatro de los Andes de lo mejor que he visto en mi vida”; “It's a tremendous honour to be internationally represented by them”.
Procesiones, talleres, libro
En medio del verde de los árboles y arbustos, que en esta época del año muestran su esplendor luego de las lluvias, se halla la antigua hacienda de Lourdes.La propiedad, de antiguo terrateniente, era mucho mayor, se dice. Los descendientes fueron repartiéndose las tierras y una parcela es la que adquirieron Brie, Nalli y González en 1991.
El lugar mantenía la casa central y una capilla privada dedicada a la Virgen de Lourdes. La imagen sacra, junto a la de la niña Bernardita, que se dice que atestiguó la aparición en Francia, es parte de lo adquirido por los teatristas. Éstos han respetado esa presencia, así que Virgen y pastora escuchan sus ejercicios vocales de preparación.
Hubo, además, un tiempo en que se revivieron las procesiones en honor de la Virgen. Gente de teatro al fin, las ceremonias se armaban en grande, con la gente del pueblo, sobre todo los niños y jóvenes. En zancos, con música y cánticos, las imágenes eran llevadas al templo de Yotala y luego devueltas a su altar en la casa. Hace tiempo que los viajes del grupo han interrumpido tales actos, que crearon un nexo con sus vecinos; pero existe la disponibilidad de retomarlos, hace notar Gonzalo Callejas.
La casa se encuentra en un lugar conocido como San Roque, separado del pueblo de Yotala por el río Cachimayu, que justo a esa altura se forma por la unión de otros dos: el Totacoa y el Quirpinchaca. En época seca, moverse entre Sucre y Yotala es fácil, pero cuando el río crece, la gente de teatro sabe que debe aislarse en la casona.
La propiedad no es sólo la sede de Teatro de los Andes, sino un lugar de destino para artistas y amigos del grupo. Por supuesto, también ha permitido acoger a talleristas, como los 15 jóvenes latinoamericanos que, con el apoyo de Iberescena están viajando para aprovechar experiencias de la región: estuvieron antes con Candelaria, de Colombia, y luego en Yotala.
Asimismo, una actriz brasileña que prepara una obra sobre la pintora Frida Kahlo ha pedido la colaboración de Los Andes para el montaje.
El grupo recibe a la gente, la que en cambio aporta para el sostenimiento de la casa: mientras vive en ella, se comparten los gastos, pero además se organizan para cocinar, lavar la vajilla y limpiar baños y habitaciones.
Otro proyecto en marcha es un libro sobre la preparación del actor en Teatro de los Andes. La dramaturga italiana Giulia D’Amico está encargada del texto. Esta joven, que descubrió al grupo en una de las giras por Europa, ha documentado el trabajo por años ya y ha vivido en distintos periodos con el grupo. Siguió muy de cerca el montaje de La Odisea —por ejemplo, su idea del perro de Ulises que habla fue aceptada por Brie—, y ahora, para Hamlet, es la asistente de dirección y dramaturgia.
lunes, 26 de marzo de 2012
FITAZ Mátame, por favor
Mátame, por favor, de Eduardo Calla y Escena 163, es una obra de teatro dura, provocadora y provocativa, desagradable, enfermiza, cruda y salvaje, insoportable, repleta de violencia y lloriqueos (a ratos sobreactuados), con la “naranja mecánica” de Burgess-Kubrick en el imaginario de todos. Explotación psicológica y supervivencia, como en una obra de Sam Peckinpah y su hijo bastardo, Tarantino.
La hora y cuarto tiene un pilar sólido: la sobria actuación de Cristian Mercado, quien protagoniza un monólogo junto a los cuatro actores y actrices restantes (Patricia García, Anuar Elías, Rodrigo Reyes y Diego Toledo). Lo que hace Cristian es un auténtico tour de force liderando una banda-plan, como Álex en la citada novela-película, llevando la violencia a un hogar de clase media alta, para que un “niño bien” se ponga en los zapatos del miedo. En tiempos en que la inseguridad ciudadana se hace presente, el teatro boliviano reflexiona. Entremedio, los fragmentos de una novela autobiográfica que suponen un descanso de tantos gritos y golpes: digresión hermosa, pero incoherente.
En los momentos álgidos de estos “perros de paja”, junto a Cristian, la fuerza visual, los contrastes continuos (habitación blanca, cuarto “oscuro) y la videocreación de Álvaro Manzano que aporta un cierre “cinematográfico” que dialoga con esa estética particular de las pelis con carro de Martin Boulocq. En los ratos de bajón, un humor a contrarreloj, una falta de tensión sexual, una violencia exagerada, esperpéntica, con actuaciones desiguales-repetitivas y unos temas musicales demasiado naifs para el contexto de la obra.
En resumen, una obra desigual que vuelve a plasmar el talento gigante de uno de nuestros mejores actores del panorama teatral y cinematográfico. Mátame, por favor trae de vuelta a un dramaturgo y director, Calla, atrevido y audaz, que con un texto propio —después de varias adaptaciones— echa una mirada sobre nuestra sociedad, sus miedos y prisiones, sus taras y esa violencia en todo su esplendor que todo lo cohesiona.
La hora y cuarto tiene un pilar sólido: la sobria actuación de Cristian Mercado, quien protagoniza un monólogo junto a los cuatro actores y actrices restantes (Patricia García, Anuar Elías, Rodrigo Reyes y Diego Toledo). Lo que hace Cristian es un auténtico tour de force liderando una banda-plan, como Álex en la citada novela-película, llevando la violencia a un hogar de clase media alta, para que un “niño bien” se ponga en los zapatos del miedo. En tiempos en que la inseguridad ciudadana se hace presente, el teatro boliviano reflexiona. Entremedio, los fragmentos de una novela autobiográfica que suponen un descanso de tantos gritos y golpes: digresión hermosa, pero incoherente.
En los momentos álgidos de estos “perros de paja”, junto a Cristian, la fuerza visual, los contrastes continuos (habitación blanca, cuarto “oscuro) y la videocreación de Álvaro Manzano que aporta un cierre “cinematográfico” que dialoga con esa estética particular de las pelis con carro de Martin Boulocq. En los ratos de bajón, un humor a contrarreloj, una falta de tensión sexual, una violencia exagerada, esperpéntica, con actuaciones desiguales-repetitivas y unos temas musicales demasiado naifs para el contexto de la obra.
En resumen, una obra desigual que vuelve a plasmar el talento gigante de uno de nuestros mejores actores del panorama teatral y cinematográfico. Mátame, por favor trae de vuelta a un dramaturgo y director, Calla, atrevido y audaz, que con un texto propio —después de varias adaptaciones— echa una mirada sobre nuestra sociedad, sus miedos y prisiones, sus taras y esa violencia en todo su esplendor que todo lo cohesiona.
FITAZ ‘El horacio’: la prueba de la constancia
El horacio merece ser vista, dentro de un festival como es el Fitaz, por mucha más gente que la veintena que asistió al estreno en la Casa de la Cultura. La obra es el resultado de un trabajo de grupo, Imakina Comunidad Teatral, que ha abrazado la profesión como eso: como algo que exige tiempo, que entonces permite búsquedas y hallazgos de algo que decir de una manera propia, aunque siempre —tal el mérito de estos jóvenes encabezados por Mario Aguirre y Francia Oblitas— de manera distinta.
En El horacio, Imakina recurre a la palabra escrita por el dramaturgo alemán Heiner Müller, para tomar una leyenda romana y plantear el dilema de cómo separar el heroísmo patriota del crimen: cuestión de justicia eso de dar a cada quien lo que le corresponde.
Los cuatro en escena —Oblitas, Gino Ostuni, Luis Caballero y Luis García Tornel— arman un pueblo y recrean la humanidad; Francia, que tiene una presencia enorme, podría devorarse la obra, pero Aguirre, desde la dirección, crea el equilibrio. La palabra, de por sí fuerte, se convierte —salvo algunos pleonasmos— en imágenes que suman: cuerpos vivos que reproducen un rito que entonces muestra su eterno sinsentido.
En El horacio, Imakina recurre a la palabra escrita por el dramaturgo alemán Heiner Müller, para tomar una leyenda romana y plantear el dilema de cómo separar el heroísmo patriota del crimen: cuestión de justicia eso de dar a cada quien lo que le corresponde.
Los cuatro en escena —Oblitas, Gino Ostuni, Luis Caballero y Luis García Tornel— arman un pueblo y recrean la humanidad; Francia, que tiene una presencia enorme, podría devorarse la obra, pero Aguirre, desde la dirección, crea el equilibrio. La palabra, de por sí fuerte, se convierte —salvo algunos pleonasmos— en imágenes que suman: cuerpos vivos que reproducen un rito que entonces muestra su eterno sinsentido.
Las noches del Fitaz 2012 tienen cinco obras para los noctámbulos
El VIII Festival Internacional de Teatro de La Paz (Fitaz 2012) tiene una oferta especial de ‘trasnoche’ en cuatro espacios de la ciudad. Serán cinco puestas en escena nacionales que comenzarán a las 22.00.
La primera de estas obras para noctámbulos es Mátame, por favor, del dramaturgo boliviano Eduardo Calla, y se presentará hoy a las 22.00 en El Desnivel (c. Sánchez Lima 2282). En ese espacio escénico entran 60 personas. La acción transcurre en el cuarto de un chico “bien”. Éste despierta ahí y encuentra a su vecina, quien al parecer fue violada, a su esposo, brutalmente golpeado, y a dos desconocidos.
Estos últimos se presentan como “agentes encubiertos”. ¿Por qué están ahí? Nadie sabe. ¿Un arresto domiciliario? Tal vez. ¿Son asesinos a sueldo? Tal vez. ¿Es una peculiar entrevista de trabajo? Tal vez. ¿Son simplemente unos malentretenidos? Tal vez. La horrible situación que se presenta ante el chico “bien” parece no tener solución y las acciones y palabras saturadas de violencia llevan la tensión al límite.
El martes 27 y el miércoles 28 de marzo le toca el turno al elenco Liberavi con la obra La Paz, sus historias, una propuesta que recupera los mitos, leyendas y cuentos de la sede de gobierno en un escenario que recrea un cabaré con capacidad para 150 personas.
Los personajes, lugares y situaciones fueron extraídos de los textos de autores paceños como Victor Hugo Viscarra, El Papirri y Alejandra Pau. Todos buscan cautivar al público que asista al Ex Círculo Israelita (c. Landaeta 346) con una pizca del “espíritu paceño”.
La exitosa Los B. Apolíticas consideraciones sobre el nacionalismo. Vol. 1, que el año pasado tuvo una temporada de dos meses, regresará el próximo fin de semana al escenario dónde se estrenó: el depósito del Centro Sinfónico Nacional (c. Ayacucho), espacio que puede acoger cómodamente a 50 espectadores, quienes son personajes silenciosos de la obra.
Los B. cuenta la historia de una familia burguesa que en cuatro generaciones pierde una fortuna y va desintegrándose. El público es el espejo en el cual los personajes admiten su decadencia.
El salón de honor del Teatro Municipal (c. Genaro Sanjinés esq. Indaburo) se habilitará el 29 y 30 de marzo para presentar Usted, una cama y mis intenciones, obra en la que el protagonista, Pelayo, intenta sustentar una de las máximas de su autora favorita “La vida de horizontal es más linda”.
Cierra el ciclo la obra El séptimo sentido, también en el Desnivel, que marca la incursión en el teatro del cineasta Marcos Loayza (Cuestión de fe y Corazón de Jesús). Es una puesta en escena que trata de seguir la huella y las particulares maneras de caminar de una profesora de historia. Se presentará el 2 y 3 de abril.
La primera de estas obras para noctámbulos es Mátame, por favor, del dramaturgo boliviano Eduardo Calla, y se presentará hoy a las 22.00 en El Desnivel (c. Sánchez Lima 2282). En ese espacio escénico entran 60 personas. La acción transcurre en el cuarto de un chico “bien”. Éste despierta ahí y encuentra a su vecina, quien al parecer fue violada, a su esposo, brutalmente golpeado, y a dos desconocidos.
Estos últimos se presentan como “agentes encubiertos”. ¿Por qué están ahí? Nadie sabe. ¿Un arresto domiciliario? Tal vez. ¿Son asesinos a sueldo? Tal vez. ¿Es una peculiar entrevista de trabajo? Tal vez. ¿Son simplemente unos malentretenidos? Tal vez. La horrible situación que se presenta ante el chico “bien” parece no tener solución y las acciones y palabras saturadas de violencia llevan la tensión al límite.
El martes 27 y el miércoles 28 de marzo le toca el turno al elenco Liberavi con la obra La Paz, sus historias, una propuesta que recupera los mitos, leyendas y cuentos de la sede de gobierno en un escenario que recrea un cabaré con capacidad para 150 personas.
Los personajes, lugares y situaciones fueron extraídos de los textos de autores paceños como Victor Hugo Viscarra, El Papirri y Alejandra Pau. Todos buscan cautivar al público que asista al Ex Círculo Israelita (c. Landaeta 346) con una pizca del “espíritu paceño”.
La exitosa Los B. Apolíticas consideraciones sobre el nacionalismo. Vol. 1, que el año pasado tuvo una temporada de dos meses, regresará el próximo fin de semana al escenario dónde se estrenó: el depósito del Centro Sinfónico Nacional (c. Ayacucho), espacio que puede acoger cómodamente a 50 espectadores, quienes son personajes silenciosos de la obra.
Los B. cuenta la historia de una familia burguesa que en cuatro generaciones pierde una fortuna y va desintegrándose. El público es el espejo en el cual los personajes admiten su decadencia.
El salón de honor del Teatro Municipal (c. Genaro Sanjinés esq. Indaburo) se habilitará el 29 y 30 de marzo para presentar Usted, una cama y mis intenciones, obra en la que el protagonista, Pelayo, intenta sustentar una de las máximas de su autora favorita “La vida de horizontal es más linda”.
Cierra el ciclo la obra El séptimo sentido, también en el Desnivel, que marca la incursión en el teatro del cineasta Marcos Loayza (Cuestión de fe y Corazón de Jesús). Es una puesta en escena que trata de seguir la huella y las particulares maneras de caminar de una profesora de historia. Se presentará el 2 y 3 de abril.
FITAZ Un mata Che que no logra despegar - Mabel Franco
Christian Castillo es el actor que se dio a conocer gracias al papel protagónico, justamente aplaudido, en la película El cementerio de los elefantes (Tonchy Antezana). Marcos Malavia es actor, director y dramaturgo boliviano que radica en Francia, desde donde viene a Bolivia periódicamente, pues es el autor intelectual —y director general— de la Escuela Nacional de Teatro, con sede en Santa Cruz.
Ambos talentos se unen en una obra, El mata Che, del autor peruano Antonio Díaz-Florián, que recoge dramatúrgicamente el testimonio de Mario Terán, el sargento que disparó contra Ernesto Che Guevara y ayudó así a agrandar el mito del guerrillero.
Como tema, en la medida en que involucra a seres humanos, en tanto es parte de una historia que toca a Bolivia muy de cerca, resulta importante de tratar. De pronto, esa persona a quien pocos recuerdan, que aceptó —porque al final todo es una elección, no importa cuántas órdenes se reciba— matar a un hombre indefenso, sale del anonimato para intentar gritar su verdad. Y lo hace para exteriorizar lo terrible que es para un hombre matar a un semejante mirándole a los ojos.
Lo que hay que preguntarse de inmediato es cómo llevar este drama a la escena teatral. Porque el riesgo enorme que hay que sortear es el melodramatismo. Castillo, en personaje, debe transmitir la carga de conciencia de un hombre que lleva las de perder ante el otro, sobre quien fácilmente se pinta un aura en estos tiempos.
Difícil juego de equilibrios éste: hay emotividad, tiene que haberla para expresar la sensación del soldado de estar en un callejón sin salida. Pero si se queda en esto, parece un recurso fácil. Así que uno espera un discurso sobrio, que teja argumentos para que el espectador, sepa o no del Che (si el “no” es posible, claro) pueda analizarlos. Y quizás la balanza de El mata Che de Malavia-Castillo se inclina más del primer lado. La obra se hace entonces casi predecible. Y carente de sorpresas, pierde, pese a la entrega del actor que asume el monólogo, siempre tan difícil en estas lides escénicas.
Es posible que lo que más atente contra la aceptación plena de la obra (es una lectura personal, claro), como discurso teatral y político, es que no logra trascender del caso concreto. Se queda sepultado en esa tumba que el soldado erige como altar del Che, cuando podría volar para mostrar cuán espantoso es que un ser humano se ensañe con otro sin más argumentos que “estoy obedeciendo instrucciones” y “así nomás tuvo que ser”.
Ambos talentos se unen en una obra, El mata Che, del autor peruano Antonio Díaz-Florián, que recoge dramatúrgicamente el testimonio de Mario Terán, el sargento que disparó contra Ernesto Che Guevara y ayudó así a agrandar el mito del guerrillero.
Como tema, en la medida en que involucra a seres humanos, en tanto es parte de una historia que toca a Bolivia muy de cerca, resulta importante de tratar. De pronto, esa persona a quien pocos recuerdan, que aceptó —porque al final todo es una elección, no importa cuántas órdenes se reciba— matar a un hombre indefenso, sale del anonimato para intentar gritar su verdad. Y lo hace para exteriorizar lo terrible que es para un hombre matar a un semejante mirándole a los ojos.
Lo que hay que preguntarse de inmediato es cómo llevar este drama a la escena teatral. Porque el riesgo enorme que hay que sortear es el melodramatismo. Castillo, en personaje, debe transmitir la carga de conciencia de un hombre que lleva las de perder ante el otro, sobre quien fácilmente se pinta un aura en estos tiempos.
Difícil juego de equilibrios éste: hay emotividad, tiene que haberla para expresar la sensación del soldado de estar en un callejón sin salida. Pero si se queda en esto, parece un recurso fácil. Así que uno espera un discurso sobrio, que teja argumentos para que el espectador, sepa o no del Che (si el “no” es posible, claro) pueda analizarlos. Y quizás la balanza de El mata Che de Malavia-Castillo se inclina más del primer lado. La obra se hace entonces casi predecible. Y carente de sorpresas, pierde, pese a la entrega del actor que asume el monólogo, siempre tan difícil en estas lides escénicas.
Es posible que lo que más atente contra la aceptación plena de la obra (es una lectura personal, claro), como discurso teatral y político, es que no logra trascender del caso concreto. Se queda sepultado en esa tumba que el soldado erige como altar del Che, cuando podría volar para mostrar cuán espantoso es que un ser humano se ensañe con otro sin más argumentos que “estoy obedeciendo instrucciones” y “así nomás tuvo que ser”.
El manga tiene nuevos talentos
La sorpresa por el nivel de los participantes de la primera versión del concurso de dibujo MangAnime es el factor común que destacan los jurados calificadores que eligieron a los ganadores.
La cantidad de participantes que sobrepasó las expectativas, el nivel de organización y coordinación y la calidad de los trabajos que hicieron reñida la elección de los mejores dibujos fueron los puntos más sobresalientes.
Soledad Rojas, miembro del jurado, destacó “la imaginación y el talento para el dibujo, sobre todo en la categoría libre, donde se pudieron apreciar entre las mejores técnicas el sombreado. Realmente me sorprendió el nivel”, afirma.
El artista plástico Marco Antonio Donayre, uno de los calificadores, valoró la organización y especialmente la labor de la coordinadora Chizuru Amo, del Consulado de Japón. “Vi mucha calidad y entusiasmo. El dibujo a mano no se ha perdido, sigue siendo la prioridad; estos jóvenes tienen la semilla de la creatividad”, enfatizó.
Otro evaluador fue el director de la carrera de Arte de la Uagrm, Wálter Rubín de Celis, al que igualmente lo tomó por sorpresa la cantidad y calidad de participantes.
“En la categoría de dibujo libre hubo muy buenas interpretaciones, muy creativas; en el estilo copiado hubo excelentes diseños. Hay que tener en cuenta la diferencia que hay entre el manga y los dibujos occidentales”, aclaró.
El manga y el animé son géneros que vienen ganando espacio y adeptos en Santa Cruz de la Sierra y el mundo.
“Fue evolucionando”, dice Rojas. “Hay países como Perú que apoyan bastante el dibujo, aquí los padres, en cambio, se apegan a que sus hijos sigan las carreras tradicionales; falta promocionar más eventos”, aporta Donayre y añade que “es un movimiento grande que está en continuo crecimiento, no solo con el dibujo, sino también con el ‘cosplay’ (disfrazarse e interpretar a un personaje de animé). El cómic occidental recibe la influencia del manga”.
Junto al conferencista Takuro Shidazaki, estos jurados dieron a conocer el 16 de marzo a los ganadores del certamen en tres categorías: estilo copiado, estilo libre y manga.
Los ganadores y su perfil
Creadora de nuevos personajes
Mariel Aguilar
Mariel Aguilar Aguilar tiene 19 años, es fanática del animé y estudia dos carreras a la vez: Gastronomía en la UDI y Nutrición en la Universidad Evangélica. Empezó a dibujar manga a los 12 años de edad y su talento le ha valido el reconocimiento del concurso convocado por el consulado de Japón.
Además del dibujo, otra actividad que practica es la creación de manualidades, especialmente peluches. La posibilidad de dedicarse al dibujo de manera profesional le agrada porque “me permitiría hacerlo mejor”, afirma. El animé que más le marcó fue InuYasha, una serie que narra las aventuras de este personaje, que en compañía de Kagome Higurashi y sus amigos están en la búsqueda de los fragmentos de la Shikon no Tama.
Acerca de su dibujo ganador de la categoría estilo libre, Mariel comenta que lo hizo porque le “gustan los colores brillantes como el verde y los cabellos largos”. El personaje, creado por ella, “ya lo había estado pensando hacer desde antes; es la hermana de otro personaje que creé”, comenta.
La utilización de luces y sombras captaron la atención del jurado, quien le otorgó el premio de oro en su categoría.
Destreza para el dibujo manga
Minoru Takey
Minoru Takey Algarañaz tiene 24 años y es estudiante de diseño gráfico. Además del dibujo, la práctica de artes marciales es otro de sus hobbies.
Dibuja manga desde sus siete años. El animé que más le influyó fue, sin duda, Dragon Ball Z, recordado por toda una generación.
La posibilidad de dedicarse al dibujo de manera profesional le atrae, pero no se considera un fanático del animé. “Me gusta como me gustan otros tipos de dibujo”, comenta.
Su dibujo ganador del estilo copiado proviene del manga Vagabond, que relata la historia de uno de los personajes más conocidos de Japón, el guerrero Musashi Miyamoto, cuya vida ha inspirado leyendas, novelas, mangas, series de televisión y hasta video-juegos. Vagabond fue creado por el mangaka Takehiko Inoue.
Es justamente el guerrero Musashi el personaje retratado por Minoru, que lo eligió por “ser un ícono de la cultura japonesa”, explicó.
Sin utilizar colores, la calidad de su dibujo habla por sí sola. Rasgos finos y pinceladas gruesas forman parte del diseño que los integrantes del jurado del concurso decidieron premiar.
Creatividad e interpretación
Yesica Jarpa
Con 17 años, Yesica Jarpa, estudiante de Bioquímica en la Universidad Gabriel René Moreno, se adjudicó el primer premio de la categoría manga del certamen MangAnime.
Amante de los dibujos de la cultura japonesa, Yesica, además de practicar esa técnica, escribe y escucha música en sus ratos libres.
Su animé favorito es Tsubasa Chronicle, serie llevada a la televisión luego de su éxito impreso, que tiene como protagonistas a la princesa Sakura, que pierde sus recuerdos en forma de plumas por los mundos de las diferentes dimensiones, y a Shaoran Lee, que tiene que viajar a esos mundos para recuperar los fragmentos o plumas de la memoria perdida.
Yesica estuvo a punto de ingresar a la carrera de Arte, pero la desanimó la falta de apoyo que tienen los artistas en nuestro país y decidió seguir una profesión más redituable, pero sin dejar de dibujar.
Su dibujo, de creación propia, es una interpretación de los conflictos que suelen vivir los adolescentes, más precisamente las mujeres.
La originalidad y minuciosidad de su trabajo la hicieron merecedora del reconocimiento.
La cantidad de participantes que sobrepasó las expectativas, el nivel de organización y coordinación y la calidad de los trabajos que hicieron reñida la elección de los mejores dibujos fueron los puntos más sobresalientes.
Soledad Rojas, miembro del jurado, destacó “la imaginación y el talento para el dibujo, sobre todo en la categoría libre, donde se pudieron apreciar entre las mejores técnicas el sombreado. Realmente me sorprendió el nivel”, afirma.
El artista plástico Marco Antonio Donayre, uno de los calificadores, valoró la organización y especialmente la labor de la coordinadora Chizuru Amo, del Consulado de Japón. “Vi mucha calidad y entusiasmo. El dibujo a mano no se ha perdido, sigue siendo la prioridad; estos jóvenes tienen la semilla de la creatividad”, enfatizó.
Otro evaluador fue el director de la carrera de Arte de la Uagrm, Wálter Rubín de Celis, al que igualmente lo tomó por sorpresa la cantidad y calidad de participantes.
“En la categoría de dibujo libre hubo muy buenas interpretaciones, muy creativas; en el estilo copiado hubo excelentes diseños. Hay que tener en cuenta la diferencia que hay entre el manga y los dibujos occidentales”, aclaró.
El manga y el animé son géneros que vienen ganando espacio y adeptos en Santa Cruz de la Sierra y el mundo.
“Fue evolucionando”, dice Rojas. “Hay países como Perú que apoyan bastante el dibujo, aquí los padres, en cambio, se apegan a que sus hijos sigan las carreras tradicionales; falta promocionar más eventos”, aporta Donayre y añade que “es un movimiento grande que está en continuo crecimiento, no solo con el dibujo, sino también con el ‘cosplay’ (disfrazarse e interpretar a un personaje de animé). El cómic occidental recibe la influencia del manga”.
Junto al conferencista Takuro Shidazaki, estos jurados dieron a conocer el 16 de marzo a los ganadores del certamen en tres categorías: estilo copiado, estilo libre y manga.
Los ganadores y su perfil
Creadora de nuevos personajes
Mariel Aguilar
Mariel Aguilar Aguilar tiene 19 años, es fanática del animé y estudia dos carreras a la vez: Gastronomía en la UDI y Nutrición en la Universidad Evangélica. Empezó a dibujar manga a los 12 años de edad y su talento le ha valido el reconocimiento del concurso convocado por el consulado de Japón.
Además del dibujo, otra actividad que practica es la creación de manualidades, especialmente peluches. La posibilidad de dedicarse al dibujo de manera profesional le agrada porque “me permitiría hacerlo mejor”, afirma. El animé que más le marcó fue InuYasha, una serie que narra las aventuras de este personaje, que en compañía de Kagome Higurashi y sus amigos están en la búsqueda de los fragmentos de la Shikon no Tama.
Acerca de su dibujo ganador de la categoría estilo libre, Mariel comenta que lo hizo porque le “gustan los colores brillantes como el verde y los cabellos largos”. El personaje, creado por ella, “ya lo había estado pensando hacer desde antes; es la hermana de otro personaje que creé”, comenta.
La utilización de luces y sombras captaron la atención del jurado, quien le otorgó el premio de oro en su categoría.
Destreza para el dibujo manga
Minoru Takey
Minoru Takey Algarañaz tiene 24 años y es estudiante de diseño gráfico. Además del dibujo, la práctica de artes marciales es otro de sus hobbies.
Dibuja manga desde sus siete años. El animé que más le influyó fue, sin duda, Dragon Ball Z, recordado por toda una generación.
La posibilidad de dedicarse al dibujo de manera profesional le atrae, pero no se considera un fanático del animé. “Me gusta como me gustan otros tipos de dibujo”, comenta.
Su dibujo ganador del estilo copiado proviene del manga Vagabond, que relata la historia de uno de los personajes más conocidos de Japón, el guerrero Musashi Miyamoto, cuya vida ha inspirado leyendas, novelas, mangas, series de televisión y hasta video-juegos. Vagabond fue creado por el mangaka Takehiko Inoue.
Es justamente el guerrero Musashi el personaje retratado por Minoru, que lo eligió por “ser un ícono de la cultura japonesa”, explicó.
Sin utilizar colores, la calidad de su dibujo habla por sí sola. Rasgos finos y pinceladas gruesas forman parte del diseño que los integrantes del jurado del concurso decidieron premiar.
Creatividad e interpretación
Yesica Jarpa
Con 17 años, Yesica Jarpa, estudiante de Bioquímica en la Universidad Gabriel René Moreno, se adjudicó el primer premio de la categoría manga del certamen MangAnime.
Amante de los dibujos de la cultura japonesa, Yesica, además de practicar esa técnica, escribe y escucha música en sus ratos libres.
Su animé favorito es Tsubasa Chronicle, serie llevada a la televisión luego de su éxito impreso, que tiene como protagonistas a la princesa Sakura, que pierde sus recuerdos en forma de plumas por los mundos de las diferentes dimensiones, y a Shaoran Lee, que tiene que viajar a esos mundos para recuperar los fragmentos o plumas de la memoria perdida.
Yesica estuvo a punto de ingresar a la carrera de Arte, pero la desanimó la falta de apoyo que tienen los artistas en nuestro país y decidió seguir una profesión más redituable, pero sin dejar de dibujar.
Su dibujo, de creación propia, es una interpretación de los conflictos que suelen vivir los adolescentes, más precisamente las mujeres.
La originalidad y minuciosidad de su trabajo la hicieron merecedora del reconocimiento.
domingo, 25 de marzo de 2012
Música barroca, en su novena cita, en Chiquitos y Villa Montes
En un ambiente festivo en el que la música colonial, el folclore del oriente boliviano y el teatro animaron la velada, se realizó ayer la presentación oficial del IX Festival Internacional de Música Renacentista Barroca Americana.
El evento, considerado como uno de los festivales de música antigua más grandes del mundo, se iniciará el 26 de abril y ofrecerá más de 100 conciertos en la capital cruceña, ocho poblaciones chiquitanas y por primera vez en Villa Montes, donde se creó una de las primeras misiones franciscanas en el país.
La Manzana Uno fue el escenario donde se realizó la primera actividad del festival. Pasadas las 17:00 estudiantes de la Escuela Nacional de Teatro disfrazados como en la época colonial se dispersaron por los alrededores de la plaza 24 de Septiembre para invitar a los transeúntes a que se unieran a la fiesta. Una hora después el músico francés Jean Marie Olive daba inicio al acto con la interpretación del L’orgue de Barbarie, un organillo tradicional francés. Luego de varios temas, Olive fue el turno del Esemble de Vientos del Sistema de Coros y Orquestas (Sicor).
Minutos después se dio inicio al acto central. El primero en hablar fue Luis Alberto Paz, que a nombre de la Alcaldía cruceña destacó la labor de la Asociación Pro Arte y Cultura (APAC), organizadora del festival y que durante 11 días congregará a músicos de 18 países en más de una decena de sedes.
“El festival revitaliza el alma a través de la música”, sentenció Paz, mientras que Gary Guzmán, a nombre de la Gobernación de Santa Cruz, se comprometió a “agotar esfuerzos en promover la cultura en el departamento”. Por su parte, Cecilia Kenning, presidenta del directorio de APAC, agradeció el apoyo de más de 40 auspiciadores que apoyan este encuentro musical.
Finalmente, el acto se cerró con la actuación del grupo de teatro Humanas.
El evento, considerado como uno de los festivales de música antigua más grandes del mundo, se iniciará el 26 de abril y ofrecerá más de 100 conciertos en la capital cruceña, ocho poblaciones chiquitanas y por primera vez en Villa Montes, donde se creó una de las primeras misiones franciscanas en el país.
La Manzana Uno fue el escenario donde se realizó la primera actividad del festival. Pasadas las 17:00 estudiantes de la Escuela Nacional de Teatro disfrazados como en la época colonial se dispersaron por los alrededores de la plaza 24 de Septiembre para invitar a los transeúntes a que se unieran a la fiesta. Una hora después el músico francés Jean Marie Olive daba inicio al acto con la interpretación del L’orgue de Barbarie, un organillo tradicional francés. Luego de varios temas, Olive fue el turno del Esemble de Vientos del Sistema de Coros y Orquestas (Sicor).
Minutos después se dio inicio al acto central. El primero en hablar fue Luis Alberto Paz, que a nombre de la Alcaldía cruceña destacó la labor de la Asociación Pro Arte y Cultura (APAC), organizadora del festival y que durante 11 días congregará a músicos de 18 países en más de una decena de sedes.
“El festival revitaliza el alma a través de la música”, sentenció Paz, mientras que Gary Guzmán, a nombre de la Gobernación de Santa Cruz, se comprometió a “agotar esfuerzos en promover la cultura en el departamento”. Por su parte, Cecilia Kenning, presidenta del directorio de APAC, agradeció el apoyo de más de 40 auspiciadores que apoyan este encuentro musical.
Finalmente, el acto se cerró con la actuación del grupo de teatro Humanas.
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